viernes, 30 de octubre de 2015

La «autogestión» y los puntos de vista anarquistas del Estado. La cuestión nacional en Yugoslavia; Enver Hoxha, 1978

Edvard Karldej, Tito y Mosa Pijade

«En Yugoslavia los órganos del poder estatal no ejercen como genuinos órganos representativos del poder popular. Allí sólo existe el sistema burocrático llamado «sistema de delegados»: que se presenta como el supuesto portador del sistema de poder para el Estado, y es por eso que bajo ese «nuevo sistema democrático» no se llevan a cabo las elecciones a diputados para los órganos de poder del Estado. Los titoistas quieren justificar este hecho con el argumento de que los órganos representativos del Estado son supuestamente expresiones del parlamentarismo burgués y del modelo soviético que, según ellos, Stalin habría convertido en una institución de la burocracia y la tecnocracia. La experiencia de los soviets de los diputados obreros y campesinos creada por Lenin sobre la base de la inmensa experiencia de la Comuna de París fue ignorada los revisionistas yugoslavos, que creen que esas «formas de organización estatal crean poder personal».

Esa idea de «democracia», parte del desarrollo de la idea revisionista de este «socialismo específico», los titoistas en los años cincuenta declararon ante el mundo entero que en última instancia se renunciaba al sistema estatal socialista y que lo habían sustituido por un nuevo sistema, el sistema de «autogestión socialista», en el que el socialismo y el Estado son ajenos el uno al otro. Este «descubrimiento» revisionista no era otra cosa que una copia de las teorías anarquistas de Proudhon y Bakunin sobre las infames ideas de la «autogestión de los trabajadores» y «la autogestión de las fábricas de los trabajadores», que han sido expuestas y condenadas varias veces a lo largo de la historia por Marx y Lenin sobre la base del Estado de la dictadura del proletariado. Karl Marx escribe:

«Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado». (Karl Marx; Crítica al programa de Gotha, 1875)

El sistema político de la «autogestión socialista» no sólo tiene nada en común con la dictadura del proletariado sino que incluso es opuesta a ella. Este sistema según sus creadores está construido según el modelo de la administración de los Estados Unidos. Kardelj mismo escribió acerca del «sistema de autogestión» yugoslavo reconociendo este hecho:

«Podríamos decir que este sistema es más similar a la organización del poder ejecutivo en los Estados Unidos que al de la Europa Occidental». (Edvard Kardelj; Direcciones del desarrollo del sistema político socialista de autogestión, 1977)

De esto se desprende claramente que el hecho de que la organización del gobierno yugoslavo es una copia de la organización de los gobiernos capitalistas no es negado ni por ellos, pero lo que podría ser discutido es la duda: ¿qué gobierno capitalista ha sido imitado más, el americano o un de los gobiernos europeos occidentales? Y para esta discusión Kardelj proporciona la solución cuando dice: la organización del poder ejecutivo de los Estados Unidos ha sido elegido como modelo.

Las opiniones de los revisionistas yugoslavos sobre el Estado son a través y por medio del anarquismo. Como es bien conocido el anarquismo exige la inmediata eliminación de toda forma de Estado, por lo que la dictadura del proletariado también. Los revisionistas yugoslavos también suprimieron la dictadura del proletariado y, para justificar su traición, evocan dos fases del socialismo: el «socialismo estatal» y el «socialismo verdadero y humanitario». Según su opinión la primera fase comprende a los primeros años que siguen la victoria de la revolución, cuando la dictadura del proletariado existe y se traduce por el Estado partidario del «estatismo-burocrático» al igual que en el capitalismo –según su opinión–. La segunda fase es la fase de la superación del Estado partidario del «estatismo burocrático» y su sustitución a través de la «democracia directa». Con estos puntos de vista no sólo los titoistas están negando la necesidad de la dictadura del proletariado en el socialismo, sino que oponen entre ellas las nociones de Estado socialista, de dictadura del proletariado y de la democracia socialista.

No le prestan atención a los clásicos del marxismo-leninismo que enseñan que el Estado socialista se consolida continuamente durante todo el período histórico de transición del capitalismo al comunismo. Por lo tanto Edvard Kardelj escribe que la sociedad en Yugoslavia está cada vez menos basada en el papel del aparato estatal, y según él, en Yugoslavia, el Estado actualmente va supuestamente hacía su extinción.

¿Pero que es con lo que Kardelj sustituye el papel del aparato estatal? ¡Se sustituye por la «iniciativa de los trabajadores»! Él lo expresa de esta manera:

«El funcionamiento ulterior de nuestra sociedad se basa cada vez menos en el papel del aparato del Estado y cada vez más en el poder y la iniciativa de los trabajadores». (Edvard Kardelj; Direcciones del desarrollo del sistema político socialista de autogestión, 1977)

miércoles, 28 de octubre de 2015

El MAP-ML en su contexto de nacimiento y crecimiento; Equipo de Bitácora (M-L), 2015


«Nacido en 1972 y de influencia sino-albanesa, el Movimiento de Acción Popular Marxista-leninista (MAP-ML) surge como un partido opuesto tanto al revisionismo soviético como al revisionismo contenido en el FSLN.

Si en el contexto de la formación de los cuadros cuando se fundó el FSLN vimos la dificultad para muchos partidos de librarse de la influencia del revisionismo estadounidense, soviético o yugoslavo, en caso del MAP-ML deberíamos hablar de otras corrientes antimarxistas que estaban en auge y pueden haberle influenciado, como era, por entonces el revisionismo chino.

Debido a la poca bibliografía desconocemos como abordaron las contradicciones entre el revisionismo chino y el marxismo-leninismo, aunque sabemos que finalmente tomaron parte por el lado albanés.

Para inicios de los 60 el revisionismo chino no estaba desenmascarado tan abiertamente como se haría años después, y sus desviaciones solo podían ser conocidas en base a una fina agudeza de los acontecimientos mundiales, y a un gran esfuerzo por acceder a material de los revisionistas chinos que por entonces escaseaba y que en su mayoría estaban cuidadosamente censuradas o amputadas.

Muchos antirevisionistas, influenciados por el revisionismo chino, creyeron que estaban colaborando con las luchas obreras al fundar un partido que tendría la intención de dar una herramienta a la clase obrera, donde poder agrupar a su destacamento más avanzado y donde poder dar combate al revisionismo moderno como el revisionismo soviético. Pero para ello cualquier partido de este tipo debía desde sus inicios expulsar a los elementos sin ningún espíritu científico, bañados en un apego sentimental a las acciones de la dirigencia china, de otra forma no podría cumplir estos objetivos antirevisionistas; estos partidos no serían capaces de refutar al revisionismo soviético ya que al seguir las directrices chinas perdían toda credibilidad, y al basarse fundamentalmente en otro revisionismo no se basaban en un cuerpo teórico sólido y científico para refutar a este último:

«La lucha contra el revisionismo soviético, desde posiciones revisionistas, conduce al camino revisionista; el apoyarse en el imperialismo estadounidense para combatir al revisionismo soviético, conduce al camino de enarbolar la infame bandera del trotskismo para combatir al revisionismo soviético y ocupar su lugar como una gran potencia y como «un gran guía ideológico». (Enver Hoxha; Las «avispas» burguesas recogen la miel del jardín de las «cien flores»; Reflexiones sobre China, Tomo II, 20 de abril de 1973)

Las vacilaciones chinas en la lucha contra el revisionismo soviético como es el caso de la aceptación de la rehabilitación de Tito impulsada por Jruschov en 1954, el saludo al XXº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética de 1956 y sus tesis, la posición jruschovista en la Conferencia de Moscú de 1957 contra el grupo antipartido de Molotov, la teoría china de crear el «frente antiimperialista» junto al revisionismo soviético de 1962, la constante postura china de «intentar hacer cesar la polémica» contra los revisionistas soviéticos hasta 1964, el intento de reconciliación chino con el revisionismo soviético tras la caída de Jruschov de 1964, o la cuestión de basar la lucha contra el revisionismo soviético en meras reivindicaciones territoriales como hacían otros revisionismos en 1964 son muy bien conocidas ahora, pero no en los años 60 y 70. Temas fundamentales para entender el desarrollo posterior del revisionismo chino.

Para inicios de los 70 las relaciones entre China y Albania eran nulas, apenas manteniéndose relaciones diplomáticas y pocos formalismos más:

«Respecto a los partidos comunistas marxista-leninistas y los grupos revolucionarios, los chinos actúan de la misma manera qué los soviéticos. Tienen miedo al «descrédito», a perder la «buena reputación» que han adquirido entre la burguesía norteamericana y la mundial. Por eso los chinos no pueden estar de acuerdo con la línea marxista-leninista revolucionaria de nuestro partido. Tampoco están de acuerdo con nuestra política interior y exterior. Y lo manifiestan. Chou En-lai, Li Sien-nien y Mao Zedong han roto los contactos con nosotros, y los existentes son puramente formales, diplomáticos. (...) ¿Cómo podría estar de acuerdo China con nuestra política exterior, cuando concluye acuerdos con los Estados Unidos de América, con Japón, con Alemania Federal, con la España de Franco, en unos momentos en que nosotros no sólo no los establecemos, sino que desenmascaramos de continuo su política imperialista y fascista?». (Enver Hoxha; Las «avispas» burguesas recogen la miel del jardín de las «cien flores»; Reflexiones sobre China, Tomo II, 20 de abril de 1973)

Incluso los círculos reaccionarios registraron para la posteridad las grandes divergencias sino-albanesas en temas como el acercamiento sino-estadounidense, la Comunidad Económica Europea, el trato con los nuevos partidos marxista-leninistas, y otros temas candentes:

«Durante 1972, las posiciones de los dos cercanos aliados sobre su actitud hacia los Estados Unidos tendieron a distanciarles aún más. Paralelo a los divergentes puntos de vista sobre esta cuestión política fundamental, Pekín y Tirana empezaron a reaccionar de forma diferente ante algunos acontecimientos y políticas importantes en el escenario internacional: la crisis de Malta, la consolidación del Mercado Común, la Ostpolitik de Alemania Occidental y la reelección de Brandt, y el movimiento «marxista-leninista», para mencionar unos cuantos. Mientras los albaneses han demostrado un inflexible apego a la teoría revolucionaria, los chinos –en línea con su giro en las prioridades de política exterior– han demostrado una predilección por la Realpolitik: un cambio de la raison d’ideologue a la raison d’état. Muchos discursos e informes publicados recientemente por Tirana y Pekín atestiguan el hecho de que no existe completa unanimidad de puntos de vista sobre diversos desarrollos políticos internacionales de importancia». (Radio Europea Libre; El camino albanés, 21 de diciembre de 1972)

El Estado y la revolución. La experiencia de los Años 1848-1851; Lenin, 1917


En vísperas de la revolución

Las primeras obras del marxismo maduro, «Miseria de la Filosofía» y el «Manifiesto Comunista», datan precisamente de la víspera de la revolución de 1848. Esta circunstancia hace que en estas obras se contenga, hasta cierto punto, además de una exposición de los fundamentos generales del marxismo, el reflejo de la situación revolucionaria concreta de aquella época; por eso será, quizás, más conveniente examinar lo que los autores de esas obras dicen acerca del Estado, inmediatamente antes de examinar las conclusiones sacadas por ellos de la experiencia de los años 1848-1851:

«En el transcurso del desarrollo, la clase obrera sustituirá la antigua sociedad burguesa por una asociación que excluya a las clases y su antagonismo; y no existirá ya un poder político propiamente dicho, pues el poder político es precisamente la expresión oficial del antagonismo de clase dentro de la sociedad burguesa». (Karl Marx; «Miseria de la filosofía», 1847)

Es interesante confrontar con esta exposición general de la idea de la desaparición del Estado después de la supresión de las clases, la exposición que contiene el «Manifiesto Comunista», escrito por Marx y Engels algunos meses después, a saber, en noviembre de 1847:

«Al esbozar las fases más generales del desarrollo del proletariado, hemos seguido la guerra civil más o menos latente que existe en el seno de la sociedad vigente, hasta el momento en que se transforma en una revolución abierta y el proletariado, derrocando por la violencia a la burguesía, instaura su dominación. (…) Ya dejamos dicho que el primer paso de la revolución obrera será la transformación [literalmente: elevación] del proletariado en clase dominante, la conquista de la democracia. (…) El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible las fuerzas productivas». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto comunista», 1847)

Vemos aquí formulada una de las ideas más notables y más importantes del marxismo en la cuestión del Estado, a saber: la idea de la «dictadura del proletariado» –como comenzaron a denominarla Marx y Engels después de la Comuna de París– y asimismo la definición del Estado, interesante en el más alto grado, que se cuenta también entre las «palabras olvidadas» del marxismo: «El Estado, es decir, el proletariado organizado como clase dominante».

Esta definición del Estado no sólo no se explicaba nunca en la literatura imperante de propaganda y agitación de los partidos socialdemócratas oficiales, sino que, además, se la ha entregado expresamente al olvido, pues es del todo inconciliable con el reformismo y se da de bofetadas con los prejuicios oportunistas corrientes y las ilusiones filisteas con respecto al «desarrollo pacífico de la democracia».

El proletariado necesita el Estado, repiten todos los oportunistas, socialchovinistas y kautskianos asegurando que tal es la doctrina de Marx y «olvidándose» de añadir, primero, que, según Marx, el proletariado sólo necesita un Estado que se extinga, es decir, organizado de tal modo, que comience a extinguirse inmediatamente y que no pueda por menos de extinguirse; y, segundo, que los trabajadores necesitan un «Estado», «es decir, el proletariado organizado como clase dominante».

El Estado es una organización especial de la fuerza, es una organización de la violencia para la represión de una clase cualquiera. ¿Qué clase es la que el proletariado tiene que reprimir? Sólo es, naturalmente, la clase explotadora, es decir, la burguesía. Los trabajadores sólo necesitan el Estado para aplastar la resistencia de los explotadores, y este aplastamiento sólo puede dirigirlo, sólo puede llevarlo a la práctica el proletariado, como la única clase consecuentemente revolucionaria, como la única clase capaz de unir a todos los trabajadores y explotados en la lucha contra la burguesía, por la completa eliminación de ésta.

Las clases explotadoras necesitan la dominación política para mantener la explotación, es decir, en interés egoísta de una minoría insignificante contra la mayoría inmensa del pueblo. Las clases explotadas necesitan la dominación política para destruir completamente toda explotación, es decir, en interés de la mayoría inmensa del pueblo contra la minoría insignificante de los esclavistas modernos, es decir, los terratenientes y capitalistas.

Los demócratas pequeñoburgueses, estos pseudosocialistas que han sustituido la lucha de clases por sueños sobre la armonía de las clases, se han imaginado la transformación socialista también de un modo soñador, no como el derrocamiento de la dominación de la clase explotadora, sino como la sumisión pacífica de la minoría a la mayoría, que habrá adquirido conciencia de su misión. Esta utopía pequeñoburguesa, que va inseparablemente unida al reconocimiento de un Estado situado por encima de las clases, ha conducido en la práctica a la traición contra los intereses de las clases trabajadoras, como lo ha demostrado, por ejemplo, la historia de las revoluciones francesas de 1848 y 1871, y como lo ha demostrado la experiencia de la participación «socialista» en ministerios burgueses en Inglaterra, Francia, Italia y otros países a fines del siglo XIX y comienzos del XX.

Discrepancias en cuanto a la Komintern; Stalin, 1929


Ya he dicho que Bujarin no ve ni comprende las nuevas tareas que se imponen a la Komintern –expulsar a los elementos de derecha de los partidos comunistas, poner freno a las tendencias conciliadoras y depurar de tradiciones socialdemócratas los partidos comunistas–, tareas que dictan las condiciones del nuevo auge revolucionario que está madurando. Así lo confirman plenamente nuestras discrepancias sobre cuestiones referentes a la Komintern.

¿Cómo empezaron las discrepancias en este terreno?

Empezó la cosa con las tesis sobre la situación internacional que Bujarin presentó al VIº Congreso de 1928 [2]. De ordinario, las tesis eran examinadas previamente en el seno de la delegación del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética. Pero, en este caso, dicha condición no fue observada. Las tesis, con la firma de Bujarin, fueron enviadas a la delegación del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética al mismo tiempo que a las delegaciones extranjeras del VIº Congreso de la Komintern de 1928. Pero estas tesis resultaron insatisfactorias en numerosos puntos, y la delegación del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética hubo de presentar unas 20 enmiendas.

Esta circunstancia colocó en una situación algo violenta a Bujarin. Pero ¿quién tenía la culpa? ¿Para qué necesitaba Bujarin enviar las tesis a las delegaciones extranjeras antes de ser examinadas por la delegación del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética? ¿Podía esta última abstenerse de presentar enmiendas, si las tesis no eran satisfactorias? Resultado: de la delegación del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética salieron unas tesis sobre la situación internacional que eran nuevas en el fondo y que las delegaciones extranjeras empezaron a contraponer a las viejas tesis suscritas por Bujarin. Es evidente que esta violenta situación no se habría producido si Bujarin no se hubiese precipitado en enviar sus tesis a las delegaciones extranjeras.

Yo desearía señalar cuatro enmiendas fundamentales, presentadas a las tesis de Bujarin por la delegación del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética. Desearía señalar estas enmiendas fundamentales para que se vea con mayor claridad el carácter de las divergencias relativas a problemas de la Komintern.

Primera cuestión: el carácter de la estabilización del capitalismo. Según las tesis de Bujarin resultaba que en los momentos actuales no hay nada nuevo que quebrante la estabilización capitalista; por el contrario, el capitalismo se rehace y se mantiene, en lo fundamental, con más o menos solidez. Es evidente que la delegación del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética no podía aceptar esta apreciación del llamado tercer período, es decir, del período que estamos atravesando. No podía aceptarla, porque el haber mantenido esta apreciación del tercer período habría podido dar pábulo a nuestros críticos para decir que adoptábamos el punto de vista del llamado «saneamiento» del capitalismo, es decir, el punto de vista de Hilferding, que los comunistas no podemos aceptar. En vista de ello, la delegación del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética presentó una enmienda, haciendo resaltar que la estabilización capitalista no es ni puede ser sólida, sino que la quebranta y la seguirá quebrantando la marcha de los acontecimientos, debido a la agravación de la crisis del capitalismo mundial.

Esto tiene, camaradas, importancia decisiva para las secciones de la Komintern. De que la estabilización capitalista se quebrante o se afiance depende toda la orientación de los partidos comunistas en su labor política diaria. De que atravesemos un período de descenso del movimiento revolucionario, un período de simple acumulación de fuerzas, o de que vivamos un período de maduración de las condiciones para un nuevo auge revolucionario, un período de preparación de la clase obrera para las luchas de clases venideras, depende la orientación táctica de los partidos comunistas. La enmienda de la delegación del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, aceptada luego por el Congreso, era buena, precisamente, porque ofrecía una orientación clara hacia la segunda perspectiva, hacia la perspectiva de maduración de las condiciones para un nuevo auge revolucionario.

Segunda cuestión: la lucha contra la socialdemocracia. En las tesis de Bujarin se decía que la lucha contra la socialdemocracia es una de las tareas fundamentales de las secciones de la Komintern, lo cual es exacto, naturalmente. Pero eso no basta. Para combatir con éxito a la socialdemocracia es necesario hacer hincapié en la lucha contra la llamada ala «izquierda» de la socialdemocracia, contra esa ala «izquierda» que, jugando con frases «izquierdistas» y engañando así hábilmente a los obreros, actúa de freno para que las masas obreras no abandonen la socialdemocracia. Es evidente que, sin derrotar a los socialdemócratas de «izquierda», es imposible vencer a la socialdemocracia en general. Pues bien, las tesis de Bujarin daban de lado en absoluto el problema de la socialdemocracia de «izquierda»; eso, claro está, constituía una gran deficiencia, en vista de lo cual la delegación del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética hubo de presentar a las tesis de Bujarin la correspondiente enmienda, aceptada luego por el Congreso.

Tercera cuestión: el espíritu conciliador dentro de las secciones de la Komintern. En las tesis de Bujarin se hablaba de la necesidad de combatir la desviación de derecha, pero no se decía una palabra de luchar contra las tendencias de conciliación con ella. Eso, naturalmente, era una gran deficiencia. El caso es que, cuando se declara la guerra a la desviación de derecha, sus adeptos se disfrazan generalmente de conciliadores y colocan al partido en una situación difícil. Para salir al paso a esta maniobra de los desviacionistas de derecha, es necesario plantear la lucha resuelta contra el espíritu conciliador. Por eso, la delegación del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética consideró necesario presentar a las tesis de Bujarin la correspondiente enmienda, aceptada luego por el Congreso.

Cuarta cuestión: la disciplina de partido. En las tesis de Bujarin no se hablaba para nada de la necesidad de mantener una disciplina férrea dentro de los partidos comunistas. Eso era también un defecto bastante apreciable. ¿Por qué? Porque en el período de reforzamiento de la lucha contra la desviación de derecha, en el período en que se aplica la consigna de depurar de elementos oportunistas a los partidos comunistas, los desviacionistas de derecha se organizan generalmente en fracciones y establecen su propia disciplina fraccional, quebrantando e infringiendo la disciplina de partido. Para mantener el partido a salvo de estos manejos fraccionales de los desviacionistas de derecha, es necesario exigir una disciplina férrea dentro del partido, a la cual los miembros del partido se deben someter incondicionalmente. De otro modo, no hay ni que pensar en una lucha seria contra la desviación derechista. Por eso, la delegación del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética presentó a las tesis de Bujarin la correspondiente enmienda, aceptada luego por el VIº Congreso de la Komintern de 1928.

El sistema de «autogestión» en la economía; Enver Hoxha, 1978


Tito y Nixon en la Casa Blanca

La teoría y la práctica de la «autogestión» yugoslava es una negación pura y simple de las enseñanzas del marxismo-leninismo y de las leyes universales de la construcción del socialismo.

La esencia de la «autogestión socialista» en la economía es la idea de que supuestamente el socialismo no se puede construir mediante la concentración de los medios de producción en manos del Estado socialista, siendo la propiedad estatal la institución más elevada de la propiedad socialista, sino por el contrario, mediante la fragmentación de la propiedad estatal socialista en propiedad de determinados grupos de trabajadores, que supuestamente lo administran ellos mismos directamente. Pero la teoría marxista es claro acerca de esto, ya en 1848, Marx y Engels subrayaron:

«El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante, y procurando fomentar por todos los medios y con la mayor rapidez posible las energías productivas». (Karl Marx y Friedrich Engels; Manifiesto comunista, 1848)

Lenin insistió en la misma cuestión cuando él combatió severamente las opiniones anarcosindicalistas del grupo hostil al Partido Bolchevique, dicho grupo fue conocido como la «oposición obrera» que exigían la entrega de las fábricas a los trabajadores y la gestión y organización de la producción no por el Estado socialista, sino por un llamado «congreso de los productores» como representante de los grupos de los trabajadores individuales. [En el Xº Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia celebrado en marzo de 1921 se condenaron los puntos de vista de la llamada «oposición obrera» y de otros grupos fraccionalistas y se ordenó la inmediata disolución de estos grupos – Anotación de E. H.]

Lenin describió la representación de estos puntos de vista anarco-sindicalistas como:

«Una completa ruptura con el marxismo y el comunismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Informe en el Xº Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia, 1921)

Pero dicha lucha no es puntual, señaló mucho antes que:

«Toda legislación, ya sea directa o indirecta, sea de la posesión de su propia producción por los obreros de una fábrica o de una profesión tomada en particular, con derecho a moderar o impedir las órdenes del poder del Estado en general, es una burda distorsión de los principios fundamentales del poder soviético y la renuncia completa del socialismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La naturaleza democrática y socialista y del Poder Soviético, 1917)

Y a pesar de todos estos precedentes en la historia marxista, en junio de 1950, Tito presentó la ley de «autogestión» a la Asamblea Popular de los Pueblos de las Repúblicas Federales de Yugoslavia, allí desarrolló sus puntos de vista revisionistas sobre la propiedad bajo el «socialismo», dijo entre otras cosas:

«De ahora en adelante la propiedad estatal de los medios de producción, las fábricas, las minas, los ferrocarriles, pasaran gradualmente a la forma superior de propiedad socialista; la propiedad de Estado es la forma inferior de propiedad social y no la superior. Entre los actos más característicos de un país socialista es el traslado de las fábricas y otras empresas económicas de las manos del Estado a manos de la trabajadores, para que puedan manejarlos, porque de esta manera el lema de la acción de la clase obrera –¡las fábricas a los obreros!– se llevará a cabo». (Josip Broz, Tito; Las fábricas a los obreros, 1950)

La negación del papel y de la misión histórica del proletariado y su partido marxista-leninista; Nesti Karaguni, 1984

Chernenko y Mengistu Haile Mariam a mediados de los 80

«Marx y Lenin han afirmado que entre todas las clases que hoy se enfrentan a la burguesía, solo el proletariado, en tanto que clase más progresista y consecuentemente revolucionaria, puede y debe desempeñar sin titubeos su papel hegemónico en todos los actuales procesos revolucionarios que contribuyen a la destrucción del viejo régimen de opresión y explotación y a la transición de la sociedad al socialismo.

Los revisionistas soviéticos, en oposición al marxismo-leninismo y a la experiencia del desarrollo práctico de la revolución, por un lado tergiversan la realidad pretendiendo que en muchos países que acaban de proclamar la independencia nacional aún:

«No se ha creado la clase obrera nacional». (Voprosi fillosofi; Nº.3, 1983)

Lo que no es en absoluto verdad, mientras por otro lado, especulando con el hecho de que en muchos otros países como estos existe un proletariado poco numeroso y no organizado, extraen la conclusión antileninista de que el proletariado no puede:

«Asumir la misión hegemónica en la revolución democrático nacional». (Mezhdunarodnova zhizny; Nº.3, 1981)

Al mismo tiempo tratan de «probar» que la preparación de las premisas y la «transición gradual al socialismo» de los países, calificados de «orientación socialista» será obra no del proletariado y bajo su dirección, sino de aquellas fuerzas –frentes– que dirigieron la lucha por la liberación y la independencia nacionales, o de aquellas fuerzas que actualmente se encuentran en el poder, sin que sea necesario un nuevo alineamiento de las fuerzas de clase y sin dirigir el rigor del combate y los golpes revolucionarios contra la burguesía, porque, según los revisionistas soviéticos, una parte considerable de la burguesía de estos países habría asumido tendencias socialistas, habría abrazado la «vía del desarrollo socialista» y tendría la posibilidad de desempeñar también el papel dirigente en este importante proceso de desarrollo y progreso. A la par, los revisionistas soviéticos hacen hincapié en su propaganda de que la llamada «orientación socialista» no puede realizarse sin la «ayuda» ni la «experiencia» del socialimperialismo soviético. Afirman que la «orientación socialista» solo es real en aquellos países:

«Que aceptan y aprovechan la ayuda y la experiencia de los países socialistas [léase: de los países revisionistas - Anotación de N.K.]». (Voprosi fillozofií; Nº.10, 1981)

De donde resulta que si no reciben esta «ayuda» y esta «experiencia» los países no podrían marchar hacia el «socialismo». Así pues, la primera condición fundamental para que los países vayan al socialismo, según los revisionistas soviéticos, sería el factor externo.

También en estas prédicas relacionadas con una de las cuestiones más cardinales de la estrategia y de la táctica, de la teoría y de la práctica de la revolución, como es la de las fuerzas motrices de la revolución, de su situación, alineamiento y de su papel en ella, se descubren abiertamente las posiciones antimarxistas y neocolonialistas, enmascaradas con palabrería pseudomarxista una nueva campaña «civilizatoria» sobre los pueblos subdesarrollados como hacían los colonialistas de antaño y el imperialismo occidental hoy.

El marxismo-leninismo nos enseña y la práctica ha confirmado plenamente que la burguesía, al estar relacionada con la explotación capitalista y siendo la protagonista de esta explotación, no solo no puede tener ni tiene tendencia socialista alguna, por lo que no puede ser tratada como fuerza motriz del proceso de transición al socialismo y mucho menos como fuerza dirigente de este proceso, sino que además, objetivamente se alinea al frente de los enemigos de la revolución y del socialismo, inclusive a lo largo del desarrollo de la revolución de liberación, democrática y antiimperialista, debido a sus propias posiciones económicas y de clase. Se caracteriza por sus vacilaciones y sus compromisos con el imperialismo y la reacción interna, y por lo tanto no está en condiciones de llevarla hasta el fin. Tampoco pueden jugar el papel dirigente de la revolución las capas de la pequeña burguesía, puesto que tienen exigencias limitadas, individualistas, están bajo la influencia de la ideología anticientífica y dan bandazos ora a la «derecha», ora a la «izquierda», deslizándose hacia el oportunismo y el aventurerismo. Tampoco las capas de la intelectualidad pueden ser una fuerza independiente, porque proceden de diversas clases, por naturaleza son vacilantes política e ideológicamente y tampoco pueden desempeñar un papel dirigente en la revolución.

martes, 27 de octubre de 2015

La cuestión del Ejército Popular Sandinista, la «Contra» y la lucha armada contra ella; Equipo de Bitácora (M-L), 2015


Humberto Ortega Saavedra –en el centro–; máximo líder de la Tendencia Tercerista, fungió de general del Ejército Popular Sandinista hasta 1995; actualmente multimillonario en retiro en el vecino país: Costa Rica.

La llamada «Contra» era el nombre popular con el que se conoció a los grupos contrarrevolucionarios hoy denominados «Resistencia Nicaragüense», estos eran los grupos que en conjunto formaban una oposición armada a la Revolución Sandinista de 1979 desde la óptica de la burguesía compradora, la burguesía «vendepatria» hacia otro imperialismo como se ha conocido coloquialmente.

Hay tres factores fundamentales que son interdependientes para entender su formación. El uno sin el otro no podría haber desembocado en la organización de esa fuerza:

1) Su estructura se formó a partir de los elementos de la derrotada Guardia Nacional, que era el cuerpo militar del gobierno Anastasio Somoza. Como ya expresamos: el ejército somocista no sufrió una guerra de desgaste sino que más bien fue su estructura de mando la que se vino abajo.

2) La burguesía compradora antisomocista aliada con el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN): La oligarquía-burguesía compradora, es decir, la cual tenía vínculos y estaba dispuesta a seguir manteniéndolo con los imperialismos, y con el estadounidense en particular, tras el triunfo y después de haber ocupado algunos espacios políticos en el Estado se vuelve contra la Revolución Sandinista de 1979, y no por que vea peligrar el sistema capitalista como algunos han pretendido –y que se ha demostrado como falso con datos y declaraciones de los mismos dirigentes sandinistas–, sino porque el sistema en desarrollo suponía el campo propicio para la consolidación de una burguesía nacionalista más robusta que venía a desplazarla definitivamente del poder político que tradicionalmente había detentado. De hecho, Somoza García era un hombre al servicio de esa clase social que emerge desde la pequeña burguesía, y del liberalismo, para prolongar artificialmente el sistema cuasi feudal existente, pero ocurrió que la voracidad del dictador y de sus sucesores, fue ocupando todos los espacios económico-políticos y desplazando a todos los competidores-detractores; fruto de estas contradicciones de orden económico no antagónicas es que surge el antisomocismo de la burguesía-oligarquía compradora; con lo que finalmente, derrotada la dictadura, ya no había una causa que le aproximara al FSLN –algunos se mantuvieron dentro de las filas del FSLN–. Finalmente parte de esta clase social inicia la financiación de la contrarrevolución en contubernio con la Iglesia católica dirigida entonces por el Cardenal Miguel Obando y Bravo –destacado buscador de financiación nacional e internacional para los grupos armados–. Observemos que la financiación dada a la «Contra» por la burguesía-oligarquía y la Iglesia católica solo fue posible debido a que en ausencia de un verdadero proceso al socialismo se mantuvo la propiedad privada de estas capas sociales, en tanto que estos individuos mantuvieron su poder económico y político. En ese poder económico está la génesis de la contrarrevolución y este a su vez encuentra su origen en la política económica capitalista desarrollada por el FSLN en los 80.

3) El imperialismo estadounidense, en particular la administración de Ronald Reagan, inicia la financiación en los 80 –con apoyo logístico, diplomático y militar– a los grupos contrarrevolucionarios por intermediación de la burguesía-oligarquía. Pero no nos equivoquemos, el desempeño del imperialismo estadounidense no sucede para dar respuesta a la petición de un grupo de aliados «vende patria» porque sí –el imperialismo no ayuda a nadie sino calcula los riegos y posibles beneficios–, tampoco fueron contradicciones de orden ideológico –pues como ya hemos revelado la administración sandinista se mantuvo y operó dentro de los límites del capitalismo, es decir, dentro del mismo espectro de la administración estadounidense–. Por todo ello hay que decir en honor a la verdad que la ayuda de facto del imperialismo estadounidense a la llamada «Contra» responde a la defensa de sus propios intereses que se condensaban en la figura de Somoza, figura que aseguraba sin ningún género de dudas los intereses del imperialismo estadounidense en Nicaragua, mientras que no se tenía tal concepción del FSLN desde el gobierno estadounidense. Por otro lado el conflicto interimperialista por entonces en desarrollo, que la historiografía burguesa llama «Guerra Fría», que enfrentaba por intereses no antagónicos al imperialismo estadounidense con el socialimperialismo soviético, ambos expresiones de la burguesía global no es un aspecto despreciable, siendo finalmente el gobierno del FSLN favorable al campo del socialimperialismo soviético tras sus primeras dubitaciones, hay que recordar que como en el caso cubano, inicialmente, tras el triunfo de 1979, ciertos miembros del FSLN buscaban ayuda en los Estados Unidos para conformar el nuevo gobierno. Este posicionamiento prosoviético del FSLN pretendía ser la «justificación» del gobierno estadounidense de cara a los medios de comunicación ante un posible descubrimiento –como así fue– de la «turbia» ayuda suministrada a la Contra, y se llegó a afirmar que al dotar de armas a la Contra que combatía al FSLN se estaba combatiendo a la Unión Soviética, y que en definitiva iba en favor de los intereses estadounidenses.

En cuanto al Ejército Popular Sandinista, como los cuerpos policiales, y demás cuerpos de seguridad, se forman tomando como punto de partida a las fuerzas del FSLN. Pero no se trató de una Ejército nuevo, revolucionario, sino que se trató de la reconstrucción de un institución de carácter burgués, no podía ser de otro modo, pues el Estado construido tras el triunfo era una reconstrucción del Estado burgués adaptado a la democracia burguesa, en consecuencia su ejército estaba y siempre ha estado bajo la dictadura de la burguesía, operando para la satisfacción de sus intereses de clase. Ciertamente tenía un carácter más popular que el anterior ejército somocista, algo que fue alimentado por el «servicio militar obligatorio» y la incorporación masiva de jóvenes a las filas, y al hecho de que aparentemente se guiaba por las teorías más avanzadas de emancipación proletaria: el marxismo-leninismo; pero como casi todo en el campo ideológico revisionista del FSLN: solo era en apariencia. Todo ejército en los países burgueses está conformado por las clases trabajadoras, pero sus gerifaltes suelen ser parte de las clases explotadoras, y en este caso no era una excepción, si a eso le sumamos, el hecho de que no existía una organización ni una ideología en tal ejército reflejada en la fuerza de un partido comunista, no tenemos más que un ejército que cumpliría el mismo rol insuficiente con los intereses de las masas que históricamente había cumplido el FSLN, con el añadido de que las camarillas dirigentes del ejército también lo eran del partido.

Aunque es difícil diferenciar lo que era propaganda de lo que no lo era, lo cierto es que tanto la «Contra» como el Ejército Popular Sandinista cometieron actos criminales en contra de la población civil –dejar claro que los crímenes cometidos por la «Contra» fueron cualitativa y cuantitativamente mayores–, sobre todo en contra del campesinado al que ambos veían con recelo puesto que mayoritariamente se mostró renuente a tomar parte en el conflicto. También ocurrió que unos y otros lo veían como potencial aliado del respectivo enemigo.

La «Contra» hizo de su «modus operandi» la tortura, el secuestro, la violación, el asesinato de población civil, la destrucción de infraestructura, etc. Por el lado el Ejército Popular Sandinista –que es el que nos interesa a efectos de este documento–, además de las funciones de espionaje dentro de la población a través de los «orejas de turno» que en ocasiones demasiado frecuentes tenían como víctima a sujetos que tenían conflictos distintos al ideológico con el informante y que por tal causa eran tratados como agentes enemigos –«agentes de la CIA»–, se desarrolló una guerra encaminada a la eliminación física de un contrincante que empleaba la «guerrilla» como método de lucha, esto resultó en que no en pocas ocasiones se produjeran bajas civiles: un claro ejemplo que atestigua este hecho fue lo concerniente a los hechos posteriores a la toma de La Trinidad por la «Contra» en los 80, donde el ejército sandinista entró casa a casa buscando insurgentes y colaboradores –exactamente del mismo modo en que operaba la Guardia Nacional somocista–, y no son pocos los testimonios que los acusan del asesinato de civiles en tal acción, evidentemente que aquí hay una dosis de propaganda de parte de las fuerzas opositoras, pero del mismo modo es absolutamente racional asumir que esos asesinatos se produjeron al considerar la multiplicidad de las denuncias. De hecho, el FSLN perdió completamente el apoyo electoral de ese municipio hasta épocas recientes en que esa tendencia cambió. Otro caso cuestionable es la «Ofensiva Danto 88» que recogía entre sus tácticas el bombardeo indiscriminado de extensas zonas geográficas en donde se creía operaba la «Contra».

En época posterior, ya en los 90, bajo el gobierno de Violeta Barrios. El Ejército Popular Sandinista –entonces dirigido por Humberto Ortega, uno de los nueve comandantes de la Dirección Nacional del FSLN, y uno de los máximos exponentes de la vieja tendencia FSLN (Tercerista)– fue lanzado sobre las tropas del Frente Revolucionario de Obreros y Campesinos (FROC), formado por desmovilizados del Ejército Popular Sandinistas y dirigidos por el entonces ya ex Mayor del Ejército «Pedrito el hondureño» –Víctor Manuel Gallegos–, que se habían tomado la ciudad de Estelí. Los operativos militares del ejército se sucedieron en medio de la población civil: enfrentando al ex compañero sandinista y violando los tratados internacionales de la guerra dirigidos a la protección de civiles en zonas en conflicto.

Y en la actualidad reciente, en diciembre del 2014, el ejército, y los cuerpos policiales han sido utilizados por el gobierno de Daniel Ortega Saavedra contra la población civil nicaragüense que protestaba por la construcción del Canal Interoceánico: proyecto negociado con carácter de alto secreto y a espaldas del pueblo, con construcción de marcos jurídicos a medida de los intereses de la burguesía nacional e internacional implicadas en el proyecto, construcción que incluso contradice lo que proclama la constitución sandinista vigente de 1987, aunque reformada. Estas eran y son unas protestas que se dan por la amenaza de los modos de vida de las comunidades afectadas, de desplazamientos forzados, de expropiaciones masivas, etc., que por otro lado han venido a confirmar que los cuerpos de seguridad están al servicio de intereses burgueses concretos.

Además, se observan procedimientos altamente preocupantes que evidencian la patología del poder: los apresados en las manifestaciones, algunos estuvieron en paradero desconocido –secuestro–, otros fueron desplazados de sus lugares de origen para ser recluidos en «El Chipote»; ¡para quien no lo sepa o no lo recuerde o no lo quiera recordar!, ese era el agujero de las peores perversiones del somocismo, era donde terminaban los presos políticos metidos en pequeñas celdas en donde era reducidos a condiciones infrahumanas. También se da el caso reiterado de juicios entablados contra esos apresados fuera de jurisdicción ¡Curiosas formas tiene la historia de repetir algunas cuestiones!

Todos estos hechos vienen a demostrar nuevamente, que no había una teoría marxista-leninista, y acorde a ello el ejército no cambió los viejas formas de poder y proceder, sencillamente era un nuevo ejército al servicio de los intereses de la burguesía, que incluso estaba –y está– presto a aplicar los viejos métodos somocistas si sus máximos cargos lo consideraban necesario. Añadido al hecho de que en los 80 el ejército cobró una mayúscula relevancia, el partido y el Estado se volvieron subordinados del ejército y no al contrario; dicho de otro modo: el peso del ejército dentro de las esferas de poder creció exponencialmente; resultando en que el Estado se militarizara, incluso la educación sufrió los efectos de esa militarización como ya observamos. El ejército que debía de ser revolucionario no era más que un Estado dentro del Estado, y lo sigue siendo en gran medida. (Equipo de Bitácora (M-L); ¿Qué fue de la «Revolución Popular Sandinista»?: Un análisis de la historia del FSLN y sus procesos, 19 de julio del 2015)